Martillero público
El martillero público es el profesional matriculado habilitado para conducir remates, tasar bienes y, con la matrícula de corredor, intermediar en compraventas y alquileres. Su actividad está regulada por la Ley 20.266 y por los colegios profesionales de cada jurisdicción, que controlan la matrícula con la que firma tasaciones y operaciones.
Qué es y qué hace un martillero
El martillero público es el profesional del remate: la persona habilitada por ley para subastar bienes al mejor postor, sean inmuebles, vehículos, hacienda o mercaderías. Su régimen nacional es la Ley 20.266, que junto con sus reformas regula también al corredor, el profesional de la intermediación: el que acerca a las partes de un negocio —comprador y vendedor, propietario e inquilino— sin ser parte de él.
En la práctica argentina las dos figuras van juntas: las carreras y matrículas habilitan en general como "martillero público y corredor", y es la base profesional de buena parte de las inmobiliarias del país. Por eso el martillero aparece en escena en dos roles distintos: como rematador, conduciendo subastas judiciales o privadas, y como corredor inmobiliario, tasando propiedades, publicándolas, organizando visitas y llevando la negociación hasta el boleto y la escritura.
La profesión exige título, incumbencias y matrícula en el colegio de la jurisdicción donde se actúa, además de requisitos de conducta y fianzas según la ley local. Esa matrícula importa: es lo que respalda una tasación firmada, da fe del rol del profesional en una subasta y habilita el cobro de comisiones conforme a los aranceles y usos de cada jurisdicción.
El martillero en los remates: judiciales y privados
El remate judicial es la cara más conocida del oficio: cuando un juicio termina en la venta forzada de un bien —una ejecución hipotecaria, una quiebra, una sucesión sin acuerdo—, el juzgado designa un martillero para subastarlo. El profesional publica los edictos, exhibe el bien, conduce el acto y percibe su comisión según la regulación del proceso. Para quien compra, las subastas judiciales pueden ofrecer precios atractivos, pero con reglas propias: el bien se compra en el estado en que se encuentra, puede estar ocupado, los plazos los marca el expediente y se exige una seña inmediata al caer el martillo. No es terreno para improvisar: conviene revisar el expediente y asesorarse antes de ofertar.
El remate privado, en cambio, es voluntario: una empresa que liquida activos, una familia que vende el contenido de una casa, una inmobiliaria que subasta lotes de un loteo. Las condiciones las fija el vendedor en el pliego o catálogo: leélas completas, porque definen comisiones a cargo del comprador, formas de pago y plazos de retiro o escrituración.
En los dos formatos el martillero responde profesionalmente por la regularidad del acto: identificar el bien, cantar las posturas, adjudicar al mejor postor y documentar la operación. Su matrícula y su responsabilidad son la garantía de seriedad del remate.
Qué mirar al tratar con un martillero o corredor
Lo primero, la matrícula: pedí el número y verificá que esté activa en el colegio de la jurisdicción. Es un dato público y consultable, y filtra de entrada a los intermediarios informales que operan sin responsabilidad profesional ni respaldo. En varias jurisdicciones, además, las operaciones inmobiliarias exigen la intervención de un matriculado para ser conformes a la ley local.
Lo segundo, los honorarios: las comisiones se rigen por los aranceles y usos de cada jurisdicción y se pactan antes de empezar. Pedí por escrito qué porcentaje o monto corresponde, quién lo paga —en las compraventas es habitual que ambas partes paguen comisión; en los alquileres, la regulación local define qué puede cobrarse a cada parte y varias jurisdicciones limitan lo que paga el inquilino— y qué incluye el servicio: tasación, publicación, visitas, negociación, gestión de documentación.
Lo tercero, los papeles: un buen profesional documenta todo. La autorización de venta firmada por el propietario, la reserva con sus condiciones y plazos, el boleto revisado por escribano. Desconfiá de las operaciones donde el dinero se mueve sin recibos o donde el intermediario no puede mostrar la autorización del dueño.
Y si vas a una subasta, llevá leído el pliego: comisión a cargo del comprador, seña exigida en el acto, estado de ocupación del bien y plazos para pagar el saldo. El martillo no espera a los distraídos.
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Buscá propiedades en ventaPreguntas frecuentes
¿Qué diferencia hay entre martillero y corredor inmobiliario?
El martillero remata: subasta bienes al mejor postor. El corredor intermedia: acerca a las partes de una compraventa o un alquiler. La Ley 20.266 regula ambas figuras y en la práctica las matrículas suelen ir juntas, como base profesional de las inmobiliarias.
¿Cómo verifico la matrícula de un martillero?
En el colegio profesional de la jurisdicción donde actúa: la matrícula es un dato público y consultable. Pedile el número antes de firmar autorizaciones o reservas; operar con un matriculado te da un responsable profesional ante cualquier problema.
¿Conviene comprar en un remate judicial?
Puede haber precios atractivos, pero con reglas duras: el bien se compra como está, puede estar ocupado, la seña se paga al caer el martillo y los plazos los fija el expediente. Revisá el expediente y andá asesorado; no es una compra para improvisar.
¿Quién paga la comisión del corredor en una operación?
Depende de la operación y de la jurisdicción. En compraventas es habitual que ambas partes paguen comisión, según los usos locales. En alquileres, varias jurisdicciones regulan o limitan lo que puede cobrarse al inquilino. Pedí los números por escrito antes de avanzar.